lunes, 31 de diciembre de 2012

Stefanno Benni - Una tranquila noche de Régimen

¿Sabré hallar las palabras adecuadas? Espero que sí.

Dicen que el jerarca Enoch es un mafioso. Él lo niega. Si me veis en los restaurantes que frecuentan los mafiosos, no por ello soy un mafioso. ¿Acaso a quienes frecuentan los restaurantes chinos se les acusa de ser chinos? Tiene razón.

Dicen que Enoch forma parte de una logia secreta de encapuchados que se intercambian favores y traman intrigas y se regalan bancos unos a otros. Pero, ¿no es ello acaso normal sociabilidad humana? ¿Acaso no es en cierto sentido una secta una familia, un grupo solidario, un equipo de fútbol, una muchedumbre de linchadotes? ¿Amaremos acaso al moralista cínico y solitario, al estéril anacoreta, al altivo ermitaño, y no, mejor, la compañía de los más queridos amigos? […]

Dicen que Enoch hace asesinar a todos los jueces que quieren condenarlo. Pero, ¿es que acaso nuestra Constitución no proclama el derecho de todo acusado a su defensa?

Enoch, dicen, es también un corruptor. Pero es un corruptor honrado. En veinte años de corrupción, jamás nadie ha recibido de él una cifra inferior a la pactada. Es más: a veces, por iniciativa propia, añade alguna cantidad al porcentaje, al soborno. ¿Cómo describir la alegría del corrompido que se ve corromper más allá de sus méritos? ¿No sabéis que hay funcionarios que han de aguardar meses y meses para recibir el pago de sus corruptores y que, frecuentemente, no reciben más que letras de cambio y cheques sin fondos? ¿No es todo ello deshonesto? Y bien, Enoch está hecho de otra madera.

Enoch, dicen, vende armas. Ciertamente es así. Pero un arma es un objeto como cualquier otro. No dispara por su cuenta. Nadie muere por el mero hecho de tener un arma en la mano. ¿Acaso condenamos al salchichero por el hecho de vender jamones? Y, sin embargo, un jamón puede volverse mucho más peligroso que un arma. Comido en cantidad desmedida puede matar por indigestión, triglicéridos, botulismo, sofocón. Desprendiéndose del techo de un sótano puede truncar más de una vida. Además, el jamón nace de un delito. No hay que matar a un cerdo para hacer una pistola. Para hacer un jamón, sí […] Entonces, repito, ¿es acaso Enoch peor que un salchichero? […]
Enoch ha abandonado a su mejor amigo en manos de los terroristas y dejó que lo asesinaran sin mover un dedo. Porque puso el Estado por encima de la amistad.

Enoch también ha intentado un golpe de Estado. Porque puso la idea del Estado por encima del Estado.

Enoch se ha enriquecido mucho, dicen las fábulas. Tiene un velero de cincuenta metros […] Tiene una mansión repleta de obras de arte, ciento sesenta metros de impresionistas, doce metros de Caravaggio, trescientos kilos de Picasso, una pila de Klee así de alta y un montón de Chagall […]

Enoch mantiene a ciento doce queridas y a cada una le ha regalado un anillo de brillantes, un coche con chofer, un apartamento, un canal de la tele y un despertador de cuarzo. Tiene terrenos, villas, bancales, […], islas y viñedos.
¿Y bien? ¿Hay algo de malo en querer poseer un techo, amar el arte, hacer regalos a las personas amadas?

Enoch, dicen, es el propietario del noventa por ciento de los periódicos y quiere el monopolio completo de la información. Embustes. No sé dónde lo habéis leído, pero aguardad otro diez por ciento y no volveréis a leerlo.

Enoch, dicen, es un hombre peligroso para nuestra democracia. No logro ver ese peligro. A decir verdad, tampoco logro ver a nuestra democracia […]

Tal vez algún día Enoch os mate. Como para morirse de risa.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Bernardo Arias Trujillo - Roby Nelson

Lo conocí una noche estando yo borracho
de copas de champaña y sorbos de heroína;
era un pobre pilluelo, era un lindo muchacho
del hampa libertina.

Ardía Buenos Aires en danza de faroles;
sobre el espejo móvil del Río de la Plata
fosforecían las barcas como pequeños soles
o pupilas de ágata.

En el asfalto móvil de la amplia costanera
el arrabal volcaba sus luces de colores:
poetas, pederastas, muchachas milongueras,
apaches, morfinómanos, artistas y pintores.

Los pecados ladraban como perros sin dueño
entre la bulliciosa cosmópolis del bar;
los marinos iban en góndolas de ensueño
sobre las aguas líricas del mar.

En un ángulo turbio miro desde mi mesa
a un pálido chiquillo que sonríe y me mira
y a través de las gotas rubias de la cerveza
mi lujuria conspira.

Tiene catorce años y en sus hondas pupilas
cercadas por paréntesis lívidos de violeta,
ojeras prematuras del vicio, ojeras lilas
de onanista o asceta.

¿Quién eres tú? –le dije,
rozando sus cabellos ondulantes de eslavo.
¡Yo! soy un niño triste…
Roby Nelson me llamo.

Roby Nelson… lindo nombre de golosina,
nombre que suena a dulces tonadas de ocarina,
nombre que tiene dóciles inflexiones de amor
y una delicadeza enfermiza de flor.

Y pienso: Este muchacho
es un retoño de hombre que errará por el mundo,
en sus pupilas grises hay un dolor profundo,
es hijo de inmigrantes venidos de lejanos países
y en su cuerpo errabundo
se ha cruzado la sangre de dos razas tristes.

Se llama Roby Nelson, flor del barrio,
que va de muelle en muelle, de vapor en vapor,
este chico vicioso de cabellos de eslavo
vende cocaína y amor.

Es hijo de la noche y huésped del suburbio,
hoja de Buenos Aires que el viento arrebató,
desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio
que un arroyo se llevó.

Tal vez en un hospicio su cuna se meció
y es hijo de prostituta y de ladrón.
¿Quieres estar conmigo esta noche, pilluelo?
Y sus ojos piratas me dijeron que sí.

Mi sangre trepidaba entre llamas de anhelo
y naufragué en un tibio frenesí.
Besé entonces los lirios ignotos de sus manos,
la fresa de su boca congelada de frío;
nos fuimos vagabundos por los diques lejanos
y en esa noche griega fue sabiamente mío.

¿Qué quiere usted que hagamos?
Me dice con la gracia de una odalisca rusa;
y se quita la blusa, se desnuda
y me ofrece su cuerpo como si fuese un ramo.

Desnudo entre los rojos cojines y las sedas
sobre la cama asiática me brinda sus primicias;
sus manos galopaban en pos de mis monedas,
las mías galopaban en pos de sus caricias.

Y besando su cuerpo de palidez divina
que tenía la eucarística anemia de las rosas
le dije tembloroso en un dulce clamor:
Te pido solamente que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.

¡Roby Nelson! ¿Dónde estarás ahora?,
¿Nueva York, Río de Janeiro, Filipinas, Balsora,
Panamá, Liverpool?
¿Dónde estás, Roby Nelson de cabellos de eslavo,
con tus hondas ojeras, tu chaqueta de esclavo
y tu raída gorra azul?

¿Por qué turbios caminos empañados de ausencia
van tus zapatos viejos robados a Chaplín?
Quizá la droga trágica que embriaga de demencia
como una diosa pálida amortajó tu esplín.
Muchachito bohemio, príncipe de tus vicios,
exquisito y perverso, frágil como una flor.

En mis noches paganas de crisis voluptuosas,
en los hondos naufragios de mi fe y mi dolor,
te pido como antes que me vendas dos cosas:
un gramo de heroína y dos gramos de amor.


Bernardo Arias Trujillo (C) 1932.

domingo, 25 de noviembre de 2012

No me pidas ser tu predicado


En una oración puedo definirte el sexo. Puedo, también, precisarte en un acto de comunicación coherente, como la menor unidad gramatical en mi existencia. Puedo hacer de ti una frase agramática, y restarle importancia a la estructura verbal que es tu cuerpo. Puedo permanecer estoqueo ante tus manos de astromelias, que adormecen al poeta que aún no sabe de su prosa y mucho menos de su lengua; puedo hacerme de ti un sintagma nominal a tu servicio, sujeta, pero no me pidas nunca jamás, ser de tu existencia un predicado, porque no quiero que algún día me acompañes como el verbo que ambos sabemos que eres.

Y ahora que conoces lo que de ti pretendo, ven y acuéstate al lado derecho de mi cama, y has del lado izquierdo de mi cerebro una desconexión neuronal y lingüística bajo tu lascividad imperante, para así ser la expresión verbal de un juicio, donde están juntos tu nombre y el mío.



viernes, 19 de octubre de 2012

Pimienta, el gato de Sofi.

Sofía salió de su casa aquella mañana, con sus mejillas rosadas, la insondable sonrisa de su rostro cálido y su peculiar nariz que permanece constantemente fría, en búsqueda de un felino que le apaciguaría la existencia. Después de caminar un par de vecindades, llegó a un lugar donde maullaban, ladraban, picoteaban y cantaban muchos animales, ansiosos de salir de las jaulas para buscar un hogar. La decisión no era fácil. Cada uno era igual de bello al anterior, y viceversa.

En el fondo, silencioso, oculto, pero indudablemente intrépido, yacía un gato con excelente postura, que miraba a lado y lado con una pícara sonrisa, como si estuviera seguro de que él sería el indicado para Sofía. Travieso, egocéntrico, cortante, distante, pero caballeroso.

Y así fue.





Salió esta preciosa chica, radiante como siempre, de aquel lugar; la incipiente diferencia era que ahora iba con un gato entre sus manos, una masa de pelo que le recordaba aquel árbol trepador de zonas tropicales húmedas: la pimienta. Sí, así quedó entonces el gato, bajo el nombre de Pimienta, haciendo estornudar a las personas, y trepándose entre las cortinas de las habitaciones de la casa de Sofía.

Pasaron varios meses, Pimienta creció y con él su galantería. Se había convertido en un Don Juan, felino, por supuesto; todas las gatas del barrio pasaban a buscarlo, y él, antes de salir, se franqueaba la lengua por sus patas, se vestía de esmoquin, se perfumaba con la mejor loción gatuna del mercado, y se montaba en el automóvil de la chica, con su sombrero y su bastón, como todo un Dandy, a recorrer el barrio. Algunas noches regresaba ebrio, cantando una canción de gatos, o la de Billy Dog, el perro que le aúlla a la luna, despertando a los vecinos con su maullar tan propio y seductor.

Cuentan que estuvo con ocho; algunos gatos, envidiosos, dicen que no fue más de cuatro, mientras que las gatas del callejón de la 51, que son más de quince, aseguran que él pasó por cada una de ellas, y que era un gran gato. -¡Qué gato!, -exclamaba Cecilia, la gata de las caderas inquietas. Dicen, también, que ninguna se atrevió a hacerle daño después de que él se introdujera en sus cavernas viscosas; incluso, aseveran, que parecía que llevase consigo, bajo el esmoquin negro del más fino cuero, alguna pócima de un buen búho hechicero, porque aquella cualquiera que cruzara mirada con él, quedaría para siempre enamorada; y ni hablar de quienes tenían alguna noche de pasión, en los techos del barrio La Francia.

Lo que no sabía Sofía, más allá de la precocidad de su gato, eran sus gustos exóticos y estrafalarios; gustos que había descubierto junto a ciertas compañías. Después de haber convivido con el gato de Hannibal Lecter (dicen que también tuvo una corta amistad, enviándose postales con con T. W. Adorno, el gato de Cortázar, y que vivió algún tiempo con Pink Tomate entre la caótica Bogotá con marea), quien compartía los mismos gustos que su amo, descubrió que también sentía, junto a aquellos dos, cierto deleite culinario por la antropofagia, y que su última noche de existencia mundana, sería una noche de placentero libídine en el que sería devorado. 

Puso un clasificado por internet. Dogy49 aceptó. Cayó la tarde.

Eran cerca de las 8 de la noche; sonó el timbre del viejo motel de doña Ratona, la misma que hacía las fiestas de Sex, Drugs & Rock N' Roll con la rana Rinrín, y entró una agraciada perra, con colorete rojo en la trompa, medias veladas y tacones negros. Su nombre era Débora. Pimienta esperaba al lado de una botella de vino “Gatonegro”. Él sería la cena.

Sofía, no sabía si su gato se había marchado con Pink, o si estaba en una fiesta descontrolada con Rinrín. Días después tocaron a su puerta la policía del barrio, un perro viejo, con revolver enfundado y una estrella metálica en su chaleco, para contarle que Débora se había –literalmente-, devorado a su gato, y que ahora estaba en la cárcel pagando por ello. Las gatas del barrio, le hicieron el funeral al recuerdo de su gato amante, bohemio, bandido y taciturno, y hasta Gatúbela derramó un par de lágrimas por Pimienta. ¡Pero Batman no puede enterarse!