lunes, 20 de mayo de 2013

Todos ellos existen.


Sé que mis poemas hablan
de las cicatrices.
Sé que la única certeza que tengo
es una resoluta a no tener certezas.
No obstante, también sé,
que la luna se oculta cada cierto tiempo
de mi ventana,
y que a veces suelo estar menos triste
que el atardecer.

Esta ruina de individuo libre
me llevó a ser poeta.
Preso en la búsqueda sólita por la libertad,
y lejos tanto de dios como de las dádivas del purgatorio,
comprendí la importancia de buscar la esencia
de las cosas.
Pero nunca pude encontrar la esencia de mi propia vida:

La poesía habla de la forma.

Para entonces, la vida misma y sus retumbos
me hicieron poeta.
Uno de esos que ni siquiera sabe si quiere serlo,
porque algunas veces su ocio deja de ser complacencia
para desplomarlo a lo malsano de la necedad de las cicatrices
cifradas en palabras.

Nunca he pertenecido a estos tiempos.
Nunca perteneceré a estos tiempos.
¡Nunca sabré a qué tiempos he de haber pertenecido!

¡Y no me hablen de patria!
Que mi patria es el cuerpo de aquella fulana
cuyas noches no comparte
conmigo.

Quizá mi lugar en el mundo,
esté tan diluido como el horizonte
de los atardeceres tristes
que tanto me acongojan,
porque son mis espejos.

Los párpados se ciernen sobre los ojos
y las letras no se detienen porque saben que
si así lo hicieran,
no valdría la pena ni una parte de la noche,
ni una parte de la extraña extrañeza de extrañarte
y mucho menos,
un pedazo de esta tierra malsana donde no debí
jamás nunca
haber nacido. 
Soy un fugitivo de mi propia tierra,
y no hay lugar para el que escapa del tiempo.
No hay buhardilla ni acera que me regocije,
ni mucho menos un exilio divino,
porque a la divinidad ‘renuncié’ cuando decidí
que no había nada más divino
que el conocimiento…  ¡Vaya error!

El conocimiento resultó ser el excremento
con el que se alimentaban los ricos,
y no hay ninguna legión del Rey Midas
que pueda ahora defendernos de ellos.

Llega la soledad.
La soledad que es el vicio del poeta;
y el único destino de quien es consciente
de que nacer es un acto de preparación
hacia los cuchillos que nos destinan las dunas
de la vejez.

Pero si todo existe,
incluso la soledad, la tuya y la mía,
y si en vez de nada ha sido siempre el todo,
y si los gatos que cruzan de un andén a otro existen,
y las personas que cruzan de un andén a otro y miran a los gatos
que cruzan de un andén a otro a cada instante,
todos ellos existen,
¿Por qué no puede existir mi poema
que es el canto de mi lúgubre existencia?

Inferiré entonces que la amargura
no le es ajena al dinero,
y que nosotros, los mendigos,
tan sólo podemos aspirar la decepción
en vez de ira, y la desesperación
en vez del hecho.

Creo que de tanto soñar
se me perdió la realidad,
y la realidad misma se ha encargado de destrozar
todos mis sueños.

DBS.
11 de Mayo de 2012

lunes, 25 de marzo de 2013

Fernando Pessoa - Tabaquería

Creo que (siendo dos de la tarde con siete minutos y doce milésimas del día veinticinco del mes tercero del año trece del siglo veintiuno del segundo milenio después de la llegada de Cristo ¡De esta historia que no tiene signos de puntuación!), hoy no hay motivo alguno, ni natalicio ni defunción para recordar -exigencia imperante de la sociedad misma-, a uno de los mayores poetas que ha brotado de la historia, porque hasta la sangre que fluye en la vieja y la nueva Europa, se estanca ante la vicisitud, la pasión y la melancolía que despiertan las letras. Es probablemente, entonces, una sed inadvertida de nostalgia la que me llevó a despertarme con el recuerdo de Fernando Pessoa en la mente: letra tras letra del poema recorriendo el espiral de humo de mi cigarrillo, que se dirige al influjo sosegado del cielo.




Publicado bajo el heterónimo de Álvaro de Campos, el poema Tabaquería:

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

sábado, 9 de marzo de 2013

En defensa del "gonorreo" de cigarrillos.


EN DEFENSA DEL "GONORREO"(1) DE CIGARRILLOS.


Cómo convertirse en un fumador de cigarrillos a expensas de alguien.


El gonorreo, creemos nosotros, tiene una mala reputación inmerecida.
Practicado con sutileza, puede llegar a convertirse en todo un arte. Si hacemos que sus objetivos sean verdaderamente honorables, éste puede convertirse en un arte sublime.
Y nosotros pensamos que no existe un fin más honorable que el auténtico placer caballeresco de hacerse un fumador de cigarrillos.
Como hay tantos tipos diferentes de cigarrillos, usted tal vez deba probar unos cuantos antes de que encuentre el que usted considere el mejor. (15 millones de fumadores de cigarrillo han encontrado el suyo. Entonces, usted también puede hacerlo).
Pero, ¿Quién dice que usted debe pagar por cada uno de los cigarrillos que pruebe? El cigarrillo de sus sueños puede encontrarse en el siguiente bolsillo que usted elija.
De todas formas, los fumadores son un grupo especialmente generoso. Simplemente dígales que usted está pensando en unirse a sus filas, e inmediatamente vendrán a ofrecerle uno gratis.

A continuación, listaremos algunas de las formas menos obvias de gonorreo creativo.

Hazte amigo de los chicos que pronto serán padres.
No rechace ninguna invitación a una boda, cena elegante, juegos de póquer, o Bar Mitzvahs.
Apoye cualquier ascenso de cargo de aquellos quienes no representan una amenaza para usted. Si el ascenso es lo suficientemente importante, los cigarrillos estarán presentes.

Sin embargo, permítanos hacer una aclaración. El gonorreo es justificable como práctica temporal, sólo hasta que usted encuentre el cigarrillo de su preferencia, el cigarrillo que usted se comprará.
En ese momento será su turno para iniciar a un nuevo consumidor de cigarrillo.
Usted se habrá graduado, ha dejado de ser un gorrión para ser un nuevo gonorreado.

Artículo publicado por la revista LIFE el 13 de octubre de 1967.
____________________________________________________________
(1) El Mooch (o gonorreo, en español), es un verbo transitivo, informal. Expresa el acto de conseguir gratis o a expensas de otros alguna cosa para nuestro beneficio o para tomar alguna ventaja.

Traducción por,
DBS.

viernes, 25 de enero de 2013

Una especie en vía de extinción.


¿La última obra en negro?



Un día, en Estrasburgo, tres jóvenes bien vestidos y con aire arrogante subieron la escalera empinada y sucia de una casa popular (1).
                Uno de ellos, Andreas Dritzehn, torció la nariz:
                -No parece persona acomodada nuestro alquimista.
                Los otros dos, Hans Riff y Andreas Heilmann, se dirigieron al petimetre con una mueca:
                -Si tuviese medios no estaría dispuesto a vendernos su fórmula.
                -Ya –contestó Dritzehn-, pero para mí alguien que fabrica oro con plomo no es una buena presentación.
                Los otros se encogieron de hombros.
                La puerta de la buhardilla estaba abierta. Entraron y se sentaron a esperar la llegada del gentilhombre Henne, cuyo carácter excéntrico conocían.
                -¿Hay alguien? –Preguntó Riff al rato, con voz arrogante. Nadie respondió.
                Heilmann se acercó a otra puerta más pequeña, que cerraba un cuarto casi oscuro. Espió a través de un agujero grande como una moneda.
                -Veo chispas y una incandescencia de oro naciente –murmuró deslumbrado a sus compañeros. Con los ojos desencajados dijo-: ¡Miren como brilla!
                En ese momento salió del tugurio Henne en persona. Era alto, con ojos magnéticos y una tupida barba que le caía ondulada sobre el pecho amplio, de guerrero. Nada en él dejaba imaginar al hombre de ciencia, al investigador paciente y nocturno, al alquimista pálido, que pasaba decenas de horas frente al crisol, para controlar, hacer y rehacer experimentos misteriosos. Los jóvenes lo observaron con una mezcla de interés y de temor.
                -Tenemos el contrato, maestro. Nos enseña la disciplina que domina y a cambio le pagaremos una cantidad mensual.
                -Así se había pactado –una sombra le cruzó los ojos negros, que se volvieron grises, glaciares.
                Tenía delante de él a la progenie de esa burguesía famélica que había expulsado de Maguncia al partido aristocrático. La burguesía que le había quitado todo: propiedad, título, patria. Pero el orgullo nadie podía arrebatárselo. Era su coraza invisible. Su piel invulnerable.
                -Tal vez lo ha vuelto a pensar-insinuó el joven viciado y ávido de dinero-. Vos, un gentilhombre, nos despreciáis a nosotros, los burgueses. Un caballero que hace de maestro para los capullos de sus enemigos. Vos, señor de Gensfleish –gritó el petimetre orgulloso de lanzarle como un insulto, el nombre de su casa -. Vos, enmangas de camisa, zuecos y delantal, como un villano cualquiera…
                Henne apretó los puños y, elevándose en toda su hercúlea estatura, se acercó con altitud calma pero amenazadora al joven Dritzehn.
                Éste se hizo a un lado, de pronto, como para evitar un mazazo.
                -Si el contrato no os gusta, al menos decidlo.
                El noble en decadencia observó a los jóvenes elegantes. “Tienen dientes afilados estos depredadores y son menos simpáticos que una serpiente.”
                Con un gesto imprevisto, Andreas, el figurín, rasgó el pergamino del contrato en cuatro partes.
                Henne se inmovilizó como un autómata sin vida.
                “Maldito su orgullo, maldita su pobreza, malditos sean los burgueses. Pero la historia no tenía que terminar así. Necesitaba demasiado ese dinero de preceptor. No sólo la artesa estaba vacía, sino que sus experimentos necesitaban nuevos instrumentos y materiales costosos. Había llegado demasiado cerca de la meta…, y no podía detenerse justo en ese momento…”.
                Se relajó. Sus ojos se volvieron opacos por el dolor y la ira reprimida. Las grandes manos se abandonaron sobre las caderas, desarmadas e inútiles como hojas otoñales.
                En ese momento, Henne estaba por aceptar una opción definitiva, irrevocable. Su cuerpo, después de la cruel proscripción del noble mundo del que procedía, se había hundido en el fango. Había probado la humillación de la lucha sin gloria por la existencia cotidiana. Ya no valían ni el escudo ni el nombre altisonante para procurarse sin esfuerzo las necesidades materiales y el respeto de los otros. Ya no era un caballero reverenciado.
                La miseria lo había obligado a reemplazar la espada por el martillo, el escoplo y el buril. Pero no le importaba. Sobre la fosa del sacrificio en la que el gentilhombre estaba muerto y sepultado se había forjado el artesano Gutenberg, que había construido en él mismo su nicho de libertad, impenetrable para el común de los mortales.
                En su madriguera creaba, soñaba, libraba una caballeresca batalla para toda la humanidad. Y todavía era dueño de él mismo.
                Pero, ese día de 1440, se derrumbó el último baluarte que lo defendía del mundo sórdido e interesado del dinero y de los burgueses ávidos.
                Dritzehn, agitando bajo sus ojos el contrato roto, le gritaba:
                -Queréis burlaros de nosotros, ¿no es cierto? Lo he comprendido, pero no me engañáis. ¿Cuál era vuestro compromiso?
                -He prometido enseñaros todas las artes que conozco –respondió con calma Gutenberg-. El vidrio, la orfebrería, la fusión de algunos metales.
                -¿Y qué nos decís del arte negro? Os he visto mientras hacíais brillar la llama hermética, allá adentro. –Indicó con aire astuto su laboratorio-. Conocéis el secreto de la transmutación. También ese debe ser nuestro…
                Henne-Gutenberg recuperó su natural buen humor.
                -Pero, señor, mi gran obra es lo contrario a lo que pensáis: es un arte celestial.
                -Llamadla como queráis, pero si el contrato se cumple debéis enseñarme también ése. No pensaréis, señor –dijo con sarcasmo mientras los compañeros asentían-, que estamos dispuestos a vaciar la bolsa sólo para aprender algunas nociones de carpintero.
                Gutenberg sacudió la cabeza leonina.
                Había legado al Rubicón. Ya no había más cabalgaduras para lanzar al galope ni enemigos para afrontar a campo abierto. Era mísero, estaba descalzo frente a jóvenes holgazanes a los que el oro y la ambición había vuelto despiadados.
                Para terminar y perfeccionar la obra a la que había dedicado años y años de trabajo, estudio, inteligencia y sacrificios debía revelar su secreto a mercaderes carentes de honor y de escrúpulos. Pero sin su dinero nunca perfeccionaría el invento más grande de su época, tal vez el de todas las épocas.
                Asintió, derrotado:
                -Yo transformo lo invisible en visible; el pensamiento en palabras. Os mostraré mi arte celestial y a cambio me daréis lo estipulado.
                Gutenberg tendió a los tres jóvenes burgueses una caja que contenía hileras de caracteres grabados en sentido contrario.
                -Éste es mi secreto: la imprenta que revolucionará todas las maneras de imprimirlas palabras escritas, de difundir mediante los libros el pensamiento divino y humano.
                -Pero esto también lo conozco yo –se burló Riff-. Es un grabado en madera y…
                Gutenberg no pudo contenerse. ¡Su imprenta comparada con una vulgar xilografía! Tomó la caja y la arrojó lejos.
                Los caracteres, que antes eran compactos y estaban derechos como soldados en filas cerradas, se dispersaron y rodaron por el suelo.
                A la débil luz, las letras que estaban grabadas en el metal lanzaron un extraño centelleo astral.
                Hasta los jóvenes jactanciosos e ignorantes comprendieron. Era la piedra filosofal, que transformaría el vil metal en oro. Que el extraordinario descubrimiento pudiese divulgar cultura, exportar pensamientos nuevos, unir o contraponer a los hombres poco les importaba.
                -Es más que oro – exclamaron en coro los jóvenes mercaderes en el templo de la creación.
Ese día, Gutenberg abandonó para siempre la coraza y se puso el delantal de obrero. Se había escrito la última página de su noble casa Henne-Gensfleish.
                En ese momento se necesitaba tener la fuerza de la humildad, para imprimir otras obras en las que no aparecería su verdadero nombre ni el ficticio. Un libro abierto y cerrado al infinito. Su descubrimiento sería de todos y de nadie.
                Pero la primera impresión, lo juró en su corazón, sería el libro que Dios había destinado a toda la humanidad: La Biblia.
Pasaron muchos años. Gutenberg se encontraba otra vez en Maguncia, en el estudio de Johann Fust (o Faust) junto a Peter Schoeffer, su yerno.
                Aunque no estaba en tierra extranjera era como si estuviese en el exilio.
                Había salido de noche de Estrasburgo, con su mujer, su asno y una carreta. Había cargado con prisa y furia algunos muebles con los instrumentos esenciales para su trabajo y un modelo a escala de la prensa, el aparato con tornillos con el cual el typographus puede imprimir en la página in-folio el texto compuesto por caracteres móviles.
                “¡Qué amargura! Abandonar todo a escondidas, como un ladrón.” Tal vez era blasfemo o loco, pero mientras los pasos del asno resonaban en el empedrado se sentía José en fuga, con su criatura con peligro de vida. “Mi invento, en el fondo, es también divino. Su misión no es caer en las manos de los infieles, sino dar a todos sus frutos maravillosos.”
                -¿Decís, maestro Gutenberg? –Fust, hombre agudo, fijó con determinación sus ojos brillantes en el inventor enigmático precozmente envejecido, de barba tupida y gris como la de un apóstol.
                -Nada, estaba distraído –Gutenberg esbozó una sonrisa.
                Se sentía cansado. En Estrasburgo había debido combatir sin armas contra la cuadrilla voraz de los Dritzehn. El dinero que le habían anticipado para terminar su prototipo se había volatilizado en los materiales experimentales. La primera prensa no se había completado. Todavía no se había impreso ni una página.
                Gutenberg, más pobre que de costumbre, había debido dejar en manos de esos usureros la máquina recién esbozada. “¡Jamás!” Su sangre guerrera se había revelado.
                Pero entonces, después de tantas fatigas, se encontraba en el mismo punto. O casi ¿Qué infausto  destino lo perseguía?
                Fust le había pedido la devolución de dos mil florines, una suma enorme.
                -Habéis impreso, maestro Gutenberg, sólo doce páginas de la Biblia en latín y ha costado cuatro mil florines. Si no me pagáis os llevaré a juicio. Un contrato es un contrato.
                -¿A juicio? –Gutenberg quedó aturdido. Su pensamiento corrió veloz hacia las hojas que tenía delante, calculó el tiempo y el dinero que todavía se necesitarían para terminar la obra, la primera-. Ha habido dificultades, concededme una prórroga.
                -He ayudado hasta que he podido –rebatió Fust-. Ahora quiero mi dinero o me daréis, a cambio, la imprenta y todo lo que contiene.
                -Podríais esperar al menos a que termine la obra, os pagaré con ella.
                -No –dijo resueltamente el hombre de negocios-, mis condiciones son irrenunciables.
                Después de expropiar, por un puñado de florines, la imprenta y los instrumentos que había inventado para mejorar su impresión, Fust y Schoeffer se pusieron a trabajar.

Era 1447.
                La tipografía sustraída a Gutenberg era la más equipada de Maguncia y tal vez de Europa. Gracias a su prensa, a los procedimientos de entintado y al tipo de fusión de los caracteres, la página impresa resultaba nítida, clara y de agradable lectura. Sólo décadas después el impresor del Véneto Aldo Manuzio, al inventar en 1501 los caracteres cursivos, podría editar libros menos costosos, de formato más reducido y con cuerpo más legible.
                En los primeros momentos, a empresa pareció desesperada, sobre todo para Schoeffer, que tenía una admiración ilimitada respecto a Gutenberg. “¡Sin él y su saber nunca hubiéramos estado en condiciones de imprimir!”
                Fust, enérgico, aplicó el látigo al género y a los obreros. “Al trabajo, al trabajo”, era lo que ordenaba, sostenido por una única fe: el dinero.
                Los obreros impresores, bien pagados, inclinaban la cabeza y juraban al nuevo patrón no revelar a nadie los procedimientos secretos que se utilizaban en el laboratorio, vigilado como un arsenal.

Más viejo y cansado que nunca, Gutenberg no logró disimular una sonrisa de orgullo. Impreso en pergamino tenía en sus manos el primer libro de la historia, realizado completamente con sus caracteres móviles: 156 páginas de los Salmos, con iniciales en azul y rojo. Un epígrafe explicaba que la obra “fue compuesta y, en nombre de Dios, diligentemente llevada a término, por Johan Fust de Maguncia y Peter Schoeffer de Gernshein, en el año del Señor 1451, la víspera de la Ascensión”.
                Los dos comerciantes habían ganado. Henne ya había muerto. También Gutenberg había desaparecido de todo atestado oficial. Su obra tenía dos padres. Era inútil agregar un tercero.
                El genial tipógrafo, como un soldado de fortuna sin fe ni ideales, servía a otro patrón. Era el doctor Humery, médico de Meguncia, que había financiado una nueva imprenta equipada con todas las innovaciones de Gutenberg.
                -¿Por qué no has reaccionado al atropello de Fust? –Le preguntó su mujer Annette, con lágrimas en los ojos-. ¿Por qué no protestas oficialmente ni aún hoy? Te han negado hasta el derecho de aparecer en los Salmos como legítimo iniciador de la imprenta.
                Gutenberg callaba. Tomó la pluma y el tintero y escribió un pos-Facio para el que esperaba terminar en la imprenta pagada por el mecenas Humery. Se llamaría Katholikon y sería un diccionario “que nada tendrá que ver con Dios, la Iglesia ni el Papa”.
                “Escribió con la ayuda de la pluma, peor imprimo gracias al admirable acuerdo y a la exacta medida de los punzones y de las formas”, anotó el tipógrafo.
                Luego tuvo una duda: ¿firmar o no la inscripción?
                Abandonó la pluma. Se sintió un sin nombre, un proscrito de por vida. ¿Qué importancia tenía firmar este libro, el único que lograría terminar con el dinero de los otros? Su invento continuaría siendo anónimo o estaría marcado como una meretriz por cualquier comerciante sin escrúpulos.

Segunda mitad del siglo XV.
                Maguncia estaba otra vez sacudida. Armas y fuego, facciones y estandartes combatían y se destrozaban con furia.
                En 1452, el castillo más poderoso del Rin, convertido por edito imperial en ciudad episcopal en la que el obispo y el príncipe estaban unificados en una sola tiara, ardió en una guerra fratricida.
                El obispo Diether, a quien el Papa y el Emperador habían despojado de toda autoridad, se negó con desdén, en nombre de la fe y de sus electores, a ceder el poder al nuevo electo, el príncipe de Nassau. El obispo desautorizado luchó contra el sucesor. Parte de la ciudad empuñó las armas junto a él, pero la resistencia fue inútil. El príncipe de Nassau, fortalecido por los privilegios y la investidura, saqueó Maguncia y de esta manera se vengó con ferocidad de sus opositores y enemigos.
                Fue un baño de sangre, una matanza en nombre de la Cruz.

Gutenberg sacudió tristemente la cabeza canosa, mientras le contaba a Bechtermunz, un joven pariente de Elsfeld, sus últimas desventuras. Había huido otra vez de Maguncia, pero por suerte había logrado salvar la imprenta financiada por Humery.
                -Ahora quisiera que quitases la tipografía, y entregases la obra al doctor que anticipó el dinero.
                El primo dudaba, a pesar del respeto por el anciano maestro.
                -todavía hay disturbios en la ciudad; los partidarios del obispo anterior buscan venganza.
                -No te preocupes, hijo –Gutenberg le estrechó paternalmente la mano-. Soy un protegido del príncipe de Nassau.
                -¿Vos?
                -Sí, ironías de la vida. Tengo el honor de estar en su corte, lo que me da derecho a un traje nuevo todos los años, a veinte medias de cebada y dos botas de vino.
                -¡Entonces vuestro arte ha sido por fin reconocido!
                -Oh, mi arte. Tal vez era una obra negra –sonrió tristemente Gutenberg-. Piensa, hijo, que Schoeffer, con mis caracteres, en mi tipografía expropiada con abuso, imprimió un libelo en favor de Diether que cuestiona con dureza al nuevo obispo elector. Como ves, mi invento se ha vuelto contra mí.
                Bachtermunz estaba confundido.
                -Pero, entonces, ¿cómo podéis estar en la corte de Nassau?
                -Oh, no hay problema. El obispo me conoce sólo como soldado. He dejado de lado el delantal y he retomado la espada y la coraza, para defender su causa en el asalto a Maguncia. Ves: el viejo noble Henne ha salvado al desconocido artesano Gutenberg de un triste destino. La vejez se acerca a pasos agigantados y para mí hubiera sido un invierno sin recursos. Así al menos podré calentar mis viejos huesos antes de que los metan en la tumba.
                -¿Y la imprenta?
                Gutenberg hizo un gesto vago.
                Bechtermunz le tendió la mano. Se despidieron. Jamás volvieron a verse.

Narra la leyenda que, en el camino de regreso hacia el centro convulsionado de Maguncia, Gutenberg se encontró con un grupo de ex obreros  y aprendices imprenteros.
                Esos hombres simples y llenos de admiración hacia él lo rodearon con saludos reverentes.
                -¿Dónde vais, hijos? –preguntó el inventor sin nombre.
                -A cualquier parte donde haya un lugar y papel, para imprimir y difundir vuestro admirable descubrimiento. Dadnos la bendición y liberadnos del secreto, maestro.
                -Así sea.
                Los discípulos eran doce, como los doce apóstoles.

La muerte llegó pocos años después, en 1467. Llamó a la puerta de la casucha de Gutenberg, que abrió sin tardanza. Viudo, en la miseria y sin hijos, Henne-Gutenberg esperaba el reposo eterno y una audiencia divina. Sólo un pariente, consejero municipal de Gelthuss, lo recordó. Hizo sepultar los pobres restos del inventor errante en la iglesia de San Francisco de Maguncia, y puso una lápida: “Al inventor benemérito de todas las naciones y lenguas, del arte de la imprenta, Johann Gensfleish”. Parecía que la justicia, aunque póstuma, por fin había visitado y coronado al gran inventor. Pero la iglesia fue destruida y la lápida, despedazada.
                En 1643, después de la conquista de Maguncia por parte de los franceses, un pequeño monumento que los maguntinos habían construido en memoria del ilustre ciudadano también se destruyó.
                Ya fuese celestial o infernal, la creación de Gutenberg estuvo perseguida por la desventura. El destino no quería revelar la identidad del genio sin nombre, que había sustraído al clero y a los poderosos el monopolio de la escritura y del conocimiento. Todavía en 1823, Koning, canciller del tribunal de Ámsterdam, inauguró un monumento a un tal Laurenz de Coster, sacristán holandés, considerado inventor de la imprenta.
                Sólo en 1837 se le hizo justicia a Gutenberg, con la inauguración en Maguncia de un monumento a su memoria, obra de Thorvaldsen.


Ermano Gallo.

Nuevos tiempos.


Manizales, 25 de enero de 2013.

Sé que los tiempos cambian. Nací en una época donde lo permanente y lo constante son antónimos de salubridad, y donde los productos light, el café sin cafeína, el dulce sin azúcar, la manteca sin colesterol y la cerveza sin alcohol promueven un nuevo prototipo de hombre: uno dietético, con felicidad también dietética. La cultura dominante se inventa y nos imputa necesidades como un anzuelo al consumo. Se nos ha impuesto un nuevo modelo de perfección inalcanzable, la chica perfecta y el hombre perfecto, ambos sobresaturados de vacío; y no precisamente del vacío que llevó a la producción de grandes obras renacentistas fruto de los estudios de los desafortunados exploradores de mundos paralelos, como el siempre perseguido Galileo Galilei. No, me refiero a un vacío inocuo, en el que el mass media avasalla nuestra capacidad de juicio y raciocinio, y se olvidó del genio para imponer al técnico y al estadista. El caos es, ahora, sinónimo de estabilidad del sistema.

Fui también testigo, víctima y victimario de un nuevo cambio: el desplazo paulatino (¿o exponencial?) del libro impreso por el e-book. Si bien no he sido un ferviente lector digital, admito que algunas veces he debido recurrir a leer algunas obras en la mini-pantalla, libros a los que mis fondos económicos no alcanzan con facilidad. Bien lo dijo Eduardo Galeano en El libro de los abrazos (La televisión /3) que “A los libros, ya no es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio” (2). No tengo mayor discrepancia contra los libros electrónicos, ni mucho menos contra la tecnología, de la que he disfrutado desde chico; pero en cuestiones de lectura, me quedo con el clásico papel impreso y empastado, no sólo porque los libros en digital incomodan rápidamente a mis ojos, sino porque me encanta el olor de estos, sentir la hoja en mis dedos mientras paso de página, y, además, me es más fácil encontrarlos en mi biblioteca, por desordenada que pueda estar –como regularmente permanece en su perfecto desorden-. Pero, reivindicando el argot popular, entre gustos no hay disgustos.

El problema que realmente se me hace preocupante, son las estadísticas que publicó la Cámara Colombiana del Libro, en su informe anual, titulado “Estadísticas del libro en Colombia – año 2010” (3). El estudio, que incluye 129 empresas editoriales y 94 importadoras, dio como conclusión datos desgarradores para todos aquellos que apreciamos el valor cultural, social, ético, estético que tiene y que ha tenido los libros a lo largo de la historia de la humanidad desde su creación. Los colombianos leen en promedio 1,2 libros al año, y el 67% de los colombianos no lee libros por falta de gusto hacia la lectura; el 31% de los habitantes de la capital no lee libro alguno, mientras que en Chile se leen 5,3 libros al año, en Argentina 4,6 y en Perú 3.

No creo que, al menos en lo pronto, puedan extinguirse los libros impresos. Lo que se está extinguiendo en Colombia es otra cosa: los lectores. Ésta falencia está ligada a la falta de educación lectora que todos aquellos que pasamos por los colegios y escuelas, públicas o privadas, hemos presenciado. La “Revolución Educativa” que implementa actualmente el Ministerio de Educación Nacional (MEN), si bien ayuda en cuestión cuantitativa, en el ámbito cualitativo es cada vez más deplorable. En la academia, las horas de enseñanza de las Ciencias Humanas en general se han visto reducidas, y a la par, se aumentan las clases que enfatizan en el emprendimiento empresarial; es por eso que cada vez vemos más y más personas víctimas de los ultrajes laborales y desconocedores de sus propios derechos cívicos y profesionales.

Apunta en su artículo El futuro del libro (4) el escritor Gustavo Páez Escobar que, según los especialistas, la venta de libros electrónicos superará en tres años a los libros impresos. No dudo de ello; la competencia entre el libro impreso y el libro digital no es solo cuestión de gustos o de editoriales, ya que conlleva otras contraindicaciones; pero la necesidad objetivamente relevante es hacer que las personas se aventuren a leer, sea en e-book o en el clásico libro impreso. El internet y la televisión divierten, sí, pero un buen libro, además de desarrollar nuestra capacidad sensitiva e imaginativa, forja también la capacidad de pensamiento y critica. El libro en papel no desaparecerá por lo pronto, y el vaticinio de Bradbury en el que los libros son incinerados para que las poblaciones humanas sean más felices (e inherentemente ignorantes, por ello de que la ignorancia genera ciertos niveles de felicidad), se está cumpliendo, pero de diferente forma. Las tecnologías de la información y la telecomunicación están reemplazando y sesgando el placer de tener un libro en nuestras manos. 

Se hace necesario que desde la familia, los planes y proyectos estatales y gubernamentales y el Alma Mater, se promuevan planes de lectura que acojan una mayor cantidad de lectores. Subir a dos o tres la cantidad de libros leídos por los colombianos actualmente. Estoy harto de escuchar frases sueltas sobre todos aquellos que invertimos nuestro tiempo leyendo, locuciones de personas que aseveran que encerrarse una cálida tarde de sol o una bella tarde de lluvia en una biblioteca, en la habitación o sentarse bajo la sombra de un árbol en un parque a leer no es una manera de descansar o de relajarse. Por el contrario, es una de las maneras más extraordinarias de escaparse por un rato de un mundo en decadencia que ofrece efímera felicidad a cambio de nuestra privacidad y nuestro conocimiento, y al igual, es una manera de sentarse a reflexionar sobre el mismo.

 Cada vez los lectores somos menos, pero ello no impedirá que sigan existiendo los libros.


Daniel Ballesteros Sánchez.

Notas:

(1) Tomado libremente de: E. Gallo, Geni incompresi. Robin Book, 2004. P. 56-63 y F. Lorenz, Creatori del mondo meccanico. Milán, 1942.
(2) E. Galeano. El libro de los abrazos. Ediciones La cueva. P. 115.
(3) El informe completo se puede encontrar en el siguiente enlace: http://licitaciones.camlibro.com.co/boletin/Estadisticas%202010/Estadisticas%202010.pdf
(4) El artículo completo se puede encontrar en el siguiente enlace:
http://www.revistamefisto.com/articulos-y-notas-destacadas-20-01-2013.html