¿La última obra en
negro?

Un día, en Estrasburgo, tres jóvenes bien vestidos y con
aire arrogante subieron la escalera empinada y sucia de una casa popular (1).
Uno de ellos, Andreas
Dritzehn, torció la nariz:
-No parece persona
acomodada nuestro alquimista.
Los otros dos, Hans Riff y
Andreas Heilmann, se dirigieron al petimetre con una mueca:
-Si tuviese medios no
estaría dispuesto a vendernos su fórmula.
-Ya –contestó Dritzehn-,
pero para mí alguien que fabrica oro con plomo no es una buena presentación.
Los otros se encogieron de
hombros.
La puerta de la buhardilla
estaba abierta. Entraron y se sentaron a esperar la llegada del gentilhombre
Henne, cuyo carácter excéntrico conocían.
-¿Hay alguien? –Preguntó Riff
al rato, con voz arrogante. Nadie respondió.
Heilmann se acercó a otra
puerta más pequeña, que cerraba un cuarto casi oscuro. Espió a través de un
agujero grande como una moneda.
-Veo chispas y una incandescencia
de oro naciente –murmuró deslumbrado a sus compañeros. Con los ojos desencajados
dijo-: ¡Miren como brilla!
En ese momento salió del
tugurio Henne en persona. Era alto, con ojos magnéticos y una tupida barba que
le caía ondulada sobre el pecho amplio, de guerrero. Nada en él dejaba imaginar
al hombre de ciencia, al investigador paciente y nocturno, al alquimista
pálido, que pasaba decenas de horas frente al crisol, para controlar, hacer y rehacer
experimentos misteriosos. Los jóvenes lo observaron con una mezcla de interés y
de temor.
-Tenemos el contrato,
maestro. Nos enseña la disciplina que domina y a cambio le pagaremos una
cantidad mensual.
-Así se había pactado –una
sombra le cruzó los ojos negros, que se volvieron grises, glaciares.
Tenía delante de él a la
progenie de esa burguesía famélica que había expulsado de Maguncia al partido
aristocrático. La burguesía que le había quitado todo: propiedad, título,
patria. Pero el orgullo nadie podía arrebatárselo. Era su coraza invisible. Su
piel invulnerable.
-Tal vez lo ha vuelto a
pensar-insinuó el joven viciado y ávido de dinero-. Vos, un gentilhombre, nos despreciáis
a nosotros, los burgueses. Un caballero que hace de maestro para los capullos de
sus enemigos. Vos, señor de Gensfleish –gritó el petimetre orgulloso de
lanzarle como un insulto, el nombre de su casa -. Vos, enmangas de camisa,
zuecos y delantal, como un villano cualquiera…
Henne apretó los puños y,
elevándose en toda su hercúlea estatura, se acercó con altitud calma pero
amenazadora al joven Dritzehn.
Éste se hizo a un lado, de
pronto, como para evitar un mazazo.
-Si el contrato no os
gusta, al menos decidlo.
El noble en decadencia
observó a los jóvenes elegantes. “Tienen dientes afilados estos depredadores y
son menos simpáticos que una serpiente.”
Con un gesto imprevisto,
Andreas, el figurín, rasgó el pergamino del contrato en cuatro partes.
Henne se inmovilizó como
un autómata sin vida.
“Maldito su orgullo,
maldita su pobreza, malditos sean los burgueses. Pero la historia no tenía que
terminar así. Necesitaba demasiado ese dinero de preceptor. No sólo la artesa
estaba vacía, sino que sus experimentos necesitaban nuevos instrumentos y
materiales costosos. Había llegado demasiado cerca de la meta…, y no podía
detenerse justo en ese momento…”.
Se
relajó. Sus ojos se volvieron opacos por el dolor y la ira reprimida. Las grandes
manos se abandonaron sobre las caderas, desarmadas e inútiles como hojas
otoñales.
En
ese momento, Henne estaba por aceptar una opción definitiva, irrevocable. Su
cuerpo, después de la cruel proscripción del noble mundo del que procedía, se había
hundido en el fango. Había probado la humillación de la lucha sin gloria por la
existencia cotidiana. Ya no valían ni el escudo ni el nombre altisonante para
procurarse sin esfuerzo las necesidades materiales y el respeto de los otros.
Ya no era un caballero reverenciado.
La
miseria lo había obligado a reemplazar la espada por el martillo, el escoplo y
el buril. Pero no le importaba. Sobre la fosa del sacrificio en la que el
gentilhombre estaba muerto y sepultado se había forjado el artesano Gutenberg,
que había construido en él mismo su nicho de libertad, impenetrable para el
común de los mortales.
En
su madriguera creaba, soñaba, libraba una caballeresca batalla para toda la
humanidad. Y todavía era dueño de él mismo.
Pero,
ese día de 1440, se derrumbó el último baluarte que lo defendía del mundo
sórdido e interesado del dinero y de los burgueses ávidos.
Dritzehn,
agitando bajo sus ojos el contrato roto, le gritaba:
-Queréis
burlaros de nosotros, ¿no es cierto? Lo he comprendido, pero no me engañáis. ¿Cuál
era vuestro compromiso?
-He
prometido enseñaros todas las artes que conozco –respondió con calma
Gutenberg-. El vidrio, la orfebrería, la fusión de algunos metales.
-¿Y
qué nos decís del arte negro? Os he visto mientras hacíais brillar la llama
hermética, allá adentro. –Indicó con aire astuto su laboratorio-. Conocéis el
secreto de la transmutación. También ese debe ser nuestro…
Henne-Gutenberg
recuperó su natural buen humor.
-Pero,
señor, mi gran obra es lo contrario a lo que pensáis: es un arte celestial.
-Llamadla
como queráis, pero si el contrato se cumple debéis enseñarme también ése. No
pensaréis, señor –dijo con sarcasmo mientras los compañeros asentían-, que
estamos dispuestos a vaciar la bolsa sólo para aprender algunas nociones de
carpintero.
Gutenberg
sacudió la cabeza leonina.
Había
legado al Rubicón. Ya no había más cabalgaduras para lanzar al galope ni
enemigos para afrontar a campo abierto. Era mísero, estaba descalzo frente a jóvenes
holgazanes a los que el oro y la ambición había vuelto despiadados.
Para
terminar y perfeccionar la obra a la que había dedicado años y años de trabajo,
estudio, inteligencia y sacrificios debía revelar su secreto a mercaderes
carentes de honor y de escrúpulos. Pero sin su dinero nunca perfeccionaría el
invento más grande de su época, tal vez el de todas las épocas.
Asintió,
derrotado:
-Yo
transformo lo invisible en visible; el pensamiento en palabras. Os mostraré mi
arte celestial y a cambio me daréis lo estipulado.
Gutenberg
tendió a los tres jóvenes burgueses una caja que contenía hileras de caracteres
grabados en sentido contrario.
-Éste
es mi secreto: la imprenta que revolucionará todas las maneras de imprimirlas
palabras escritas, de difundir mediante los libros el pensamiento divino y
humano.
-Pero
esto también lo conozco yo –se burló Riff-. Es un grabado en madera y…
Gutenberg
no pudo contenerse. ¡Su imprenta comparada con una vulgar xilografía! Tomó la
caja y la arrojó lejos.
Los
caracteres, que antes eran compactos y estaban derechos como soldados en filas cerradas,
se dispersaron y rodaron por el suelo.
A
la débil luz, las letras que estaban grabadas en el metal lanzaron un extraño centelleo
astral.
Hasta
los jóvenes jactanciosos e ignorantes comprendieron. Era la piedra filosofal,
que transformaría el vil metal en oro. Que el extraordinario descubrimiento
pudiese divulgar cultura, exportar pensamientos nuevos, unir o contraponer a los
hombres poco les importaba.
-Es
más que oro – exclamaron en coro los jóvenes mercaderes en el templo de la
creación.
Ese día, Gutenberg abandonó para siempre la coraza y se puso
el delantal de obrero. Se había escrito la última página de su noble casa
Henne-Gensfleish.
En
ese momento se necesitaba tener la fuerza de la humildad, para imprimir otras
obras en las que no aparecería su verdadero nombre ni el ficticio. Un libro
abierto y cerrado al infinito. Su descubrimiento sería de todos y de nadie.
Pero
la primera impresión, lo juró en su corazón, sería el libro que Dios había
destinado a toda la humanidad: La Biblia.
Pasaron muchos años. Gutenberg se encontraba otra vez en
Maguncia, en el estudio de Johann Fust (o Faust) junto a Peter Schoeffer, su
yerno.
Aunque
no estaba en tierra extranjera era como si estuviese en el exilio.
Había
salido de noche de Estrasburgo, con su mujer, su asno y una carreta. Había
cargado con prisa y furia algunos muebles con los instrumentos esenciales para
su trabajo y un modelo a escala de la prensa, el aparato con tornillos con el
cual el typographus puede imprimir en
la página in-folio el texto compuesto
por caracteres móviles.
“¡Qué
amargura! Abandonar todo a escondidas, como un ladrón.” Tal vez era blasfemo o
loco, pero mientras los pasos del asno resonaban en el empedrado se sentía José
en fuga, con su criatura con peligro de vida. “Mi invento, en el fondo, es
también divino. Su misión no es caer en las manos de los infieles, sino dar a
todos sus frutos maravillosos.”
-¿Decís,
maestro Gutenberg? –Fust, hombre agudo, fijó con determinación sus ojos brillantes
en el inventor enigmático precozmente envejecido, de barba tupida y gris como
la de un apóstol.
-Nada,
estaba distraído –Gutenberg esbozó una sonrisa.
Se
sentía cansado. En Estrasburgo había debido combatir sin armas contra la
cuadrilla voraz de los Dritzehn. El dinero que le habían anticipado para
terminar su prototipo se había volatilizado en los materiales experimentales.
La primera prensa no se había completado. Todavía no se había impreso ni una página.
Gutenberg,
más pobre que de costumbre, había debido dejar en manos de esos usureros la
máquina recién esbozada. “¡Jamás!” Su sangre guerrera se había revelado.
Pero
entonces, después de tantas fatigas, se encontraba en el mismo punto. O casi
¿Qué infausto destino lo perseguía?
Fust
le había pedido la devolución de dos mil florines, una suma enorme.
-Habéis
impreso, maestro Gutenberg, sólo doce páginas de la Biblia en latín y ha
costado cuatro mil florines. Si no me pagáis os llevaré a juicio. Un contrato
es un contrato.
-¿A
juicio? –Gutenberg quedó aturdido. Su pensamiento corrió veloz hacia las hojas
que tenía delante, calculó el tiempo y el dinero que todavía se necesitarían
para terminar la obra, la primera-. Ha habido dificultades, concededme una
prórroga.
-He
ayudado hasta que he podido –rebatió Fust-. Ahora quiero mi dinero o me daréis,
a cambio, la imprenta y todo lo que contiene.
-Podríais
esperar al menos a que termine la obra, os pagaré con ella.
-No
–dijo resueltamente el hombre de negocios-, mis condiciones son irrenunciables.
Después
de expropiar, por un puñado de florines, la imprenta y los instrumentos que
había inventado para mejorar su impresión, Fust y Schoeffer se pusieron a
trabajar.
Era 1447.
La
tipografía sustraída a Gutenberg era la más equipada de Maguncia y tal vez de
Europa. Gracias a su prensa, a los procedimientos de entintado y al tipo de
fusión de los caracteres, la página impresa resultaba nítida, clara y de
agradable lectura. Sólo décadas después el impresor del Véneto Aldo Manuzio, al
inventar en 1501 los caracteres cursivos, podría editar libros menos costosos,
de formato más reducido y con cuerpo más legible.
En
los primeros momentos, a empresa pareció desesperada, sobre todo para Schoeffer,
que tenía una admiración ilimitada respecto a Gutenberg. “¡Sin él y su saber
nunca hubiéramos estado en condiciones de imprimir!”
Fust,
enérgico, aplicó el látigo al género y a los obreros. “Al trabajo, al trabajo”,
era lo que ordenaba, sostenido por una única fe: el dinero.
Los
obreros impresores, bien pagados, inclinaban la cabeza y juraban al nuevo
patrón no revelar a nadie los procedimientos secretos que se utilizaban en el
laboratorio, vigilado como un arsenal.
Más viejo y cansado que nunca, Gutenberg no logró disimular
una sonrisa de orgullo. Impreso en pergamino tenía en sus manos el primer libro
de la historia, realizado completamente con sus caracteres móviles: 156 páginas
de los Salmos, con iniciales en azul y rojo. Un epígrafe explicaba que la obra “fue
compuesta y, en nombre de Dios, diligentemente llevada a término, por Johan
Fust de Maguncia y Peter Schoeffer de Gernshein, en el año del Señor 1451, la
víspera de la Ascensión”.
Los
dos comerciantes habían ganado. Henne ya había muerto. También Gutenberg había
desaparecido de todo atestado oficial. Su obra tenía dos padres. Era inútil
agregar un tercero.
El
genial tipógrafo, como un soldado de fortuna sin fe ni ideales, servía a otro
patrón. Era el doctor Humery, médico de Meguncia, que había financiado una
nueva imprenta equipada con todas las innovaciones de Gutenberg.
-¿Por
qué no has reaccionado al atropello de Fust? –Le preguntó su mujer Annette, con
lágrimas en los ojos-. ¿Por qué no protestas oficialmente ni aún hoy? Te han
negado hasta el derecho de aparecer en los Salmos como legítimo iniciador de la
imprenta.
Gutenberg
callaba. Tomó la pluma y el tintero y escribió un pos-Facio para el que
esperaba terminar en la imprenta pagada por el mecenas Humery. Se llamaría Katholikon y sería un diccionario “que
nada tendrá que ver con Dios, la Iglesia ni el Papa”.
“Escribió
con la ayuda de la pluma, peor imprimo gracias al admirable acuerdo y a la
exacta medida de los punzones y de las formas”, anotó el tipógrafo.
Luego
tuvo una duda: ¿firmar o no la inscripción?
Abandonó
la pluma. Se sintió un sin nombre, un proscrito de por vida. ¿Qué importancia
tenía firmar este libro, el único que lograría terminar con el dinero de los
otros? Su invento continuaría siendo anónimo o estaría marcado como una
meretriz por cualquier comerciante sin escrúpulos.
Segunda mitad del siglo XV.
Maguncia
estaba otra vez sacudida. Armas y fuego, facciones y estandartes combatían y se
destrozaban con furia.
En
1452, el castillo más poderoso del Rin, convertido por edito imperial en ciudad
episcopal en la que el obispo y el príncipe estaban unificados en una sola
tiara, ardió en una guerra fratricida.
El
obispo Diether, a quien el Papa y el Emperador habían despojado de toda
autoridad, se negó con desdén, en nombre de la fe y de sus electores, a ceder
el poder al nuevo electo, el príncipe de Nassau. El obispo desautorizado luchó
contra el sucesor. Parte de la ciudad empuñó las armas junto a él, pero la
resistencia fue inútil. El príncipe de Nassau, fortalecido por los privilegios
y la investidura, saqueó Maguncia y de esta manera se vengó con ferocidad de
sus opositores y enemigos.
Fue
un baño de sangre, una matanza en nombre de la Cruz.
Gutenberg sacudió tristemente la cabeza canosa, mientras le
contaba a Bechtermunz, un joven pariente de Elsfeld, sus últimas desventuras.
Había huido otra vez de Maguncia, pero por suerte había logrado salvar la imprenta
financiada por Humery.
-Ahora
quisiera que quitases la tipografía, y entregases la obra al doctor que
anticipó el dinero.
El
primo dudaba, a pesar del respeto por el anciano maestro.
-todavía
hay disturbios en la ciudad; los partidarios del obispo anterior buscan
venganza.
-No
te preocupes, hijo –Gutenberg le estrechó paternalmente la mano-. Soy un
protegido del príncipe de Nassau.
-¿Vos?
-Sí,
ironías de la vida. Tengo el honor de estar en su corte, lo que me da derecho a
un traje nuevo todos los años, a veinte medias de cebada y dos botas de vino.
-¡Entonces
vuestro arte ha sido por fin reconocido!
-Oh,
mi arte. Tal vez era una obra negra –sonrió tristemente Gutenberg-. Piensa,
hijo, que Schoeffer, con mis caracteres, en mi tipografía expropiada con abuso,
imprimió un libelo en favor de Diether que cuestiona con dureza al nuevo obispo
elector. Como ves, mi invento se ha vuelto contra mí.
Bachtermunz
estaba confundido.
-Pero,
entonces, ¿cómo podéis estar en la corte de Nassau?
-Oh,
no hay problema. El obispo me conoce sólo como soldado. He dejado de lado el
delantal y he retomado la espada y la coraza, para defender su causa en el
asalto a Maguncia. Ves: el viejo noble Henne ha salvado al desconocido artesano
Gutenberg de un triste destino. La vejez se acerca a pasos agigantados y para
mí hubiera sido un invierno sin recursos. Así al menos podré calentar mis
viejos huesos antes de que los metan en la tumba.
-¿Y
la imprenta?
Gutenberg
hizo un gesto vago.
Bechtermunz
le tendió la mano. Se despidieron. Jamás volvieron a verse.
Narra la leyenda que, en el camino de regreso hacia el
centro convulsionado de Maguncia, Gutenberg se encontró con un grupo de ex obreros
y aprendices imprenteros.
Esos
hombres simples y llenos de admiración hacia él lo rodearon con saludos
reverentes.
-¿Dónde
vais, hijos? –preguntó el inventor sin nombre.
-A
cualquier parte donde haya un lugar y papel, para imprimir y difundir vuestro
admirable descubrimiento. Dadnos la bendición y liberadnos del secreto,
maestro.
-Así
sea.
Los
discípulos eran doce, como los doce apóstoles.
La muerte llegó pocos años
después, en 1467. Llamó a la puerta de la casucha de Gutenberg, que abrió sin
tardanza. Viudo, en la miseria y sin hijos, Henne-Gutenberg esperaba el reposo
eterno y una audiencia divina. Sólo un pariente, consejero municipal de
Gelthuss, lo recordó. Hizo sepultar los pobres restos del inventor errante en
la iglesia de San Francisco de Maguncia, y puso una lápida: “Al inventor
benemérito de todas las naciones y lenguas, del arte de la imprenta, Johann
Gensfleish”. Parecía que la justicia, aunque póstuma, por fin había visitado y
coronado al gran inventor. Pero la iglesia fue destruida y la lápida,
despedazada.
En
1643, después de la conquista de Maguncia por parte de los franceses, un
pequeño monumento que los maguntinos habían construido en memoria del ilustre
ciudadano también se destruyó.
Ya
fuese celestial o infernal, la creación de Gutenberg estuvo perseguida por la
desventura. El destino no quería revelar la identidad del genio sin nombre, que
había sustraído al clero y a los poderosos el monopolio de la escritura y del
conocimiento. Todavía en 1823, Koning, canciller del tribunal de Ámsterdam,
inauguró un monumento a un tal Laurenz de Coster, sacristán holandés,
considerado inventor de la imprenta.
Sólo
en 1837 se le hizo justicia a Gutenberg, con la inauguración en Maguncia de un
monumento a su memoria, obra de Thorvaldsen.
Ermano Gallo.
Nuevos tiempos.
Manizales, 25 de enero de 2013.
Sé que los tiempos cambian. Nací
en una época donde lo permanente y lo constante son antónimos de salubridad,
y donde los productos light, el café
sin cafeína, el dulce sin azúcar, la manteca sin colesterol y la cerveza sin
alcohol promueven un nuevo prototipo de hombre: uno dietético, con felicidad también
dietética. La cultura dominante se inventa y nos imputa necesidades como un
anzuelo al consumo. Se nos ha impuesto un nuevo modelo de perfección
inalcanzable, la chica perfecta y el hombre perfecto, ambos sobresaturados de
vacío; y no precisamente del vacío que llevó a la producción de grandes obras
renacentistas fruto de los estudios de los desafortunados
exploradores de mundos paralelos, como el siempre perseguido Galileo Galilei. No,
me refiero a un vacío inocuo, en el que el mass
media avasalla nuestra capacidad de juicio y raciocinio, y se olvidó del
genio para imponer al técnico y al estadista. El caos es, ahora, sinónimo de
estabilidad del sistema.
Fui también testigo, víctima y
victimario de un nuevo cambio: el desplazo paulatino (¿o exponencial?) del libro
impreso por el e-book. Si bien no he
sido un ferviente lector digital, admito que algunas veces he debido recurrir a
leer algunas obras en la mini-pantalla, libros a los que mis fondos económicos no alcanzan
con facilidad. Bien lo dijo Eduardo Galeano en El libro de los abrazos (La televisión /3) que “A los libros, ya no
es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio” (2). No tengo mayor
discrepancia contra los libros electrónicos, ni mucho menos contra la
tecnología, de la que he disfrutado desde chico; pero en cuestiones de lectura,
me quedo con el clásico papel impreso y empastado, no sólo porque los libros en
digital incomodan rápidamente a mis ojos, sino porque me encanta el olor de estos, sentir la hoja en mis dedos mientras paso de página, y, además, me es
más fácil encontrarlos en mi biblioteca, por desordenada que pueda estar –como regularmente
permanece en su perfecto desorden-. Pero, reivindicando el argot popular, entre gustos no hay disgustos.
El problema que realmente se me
hace preocupante, son las estadísticas que publicó la Cámara Colombiana del
Libro, en su informe anual, titulado “Estadísticas del libro en Colombia – año 2010”
(3). El estudio, que incluye 129 empresas editoriales y 94 importadoras, dio
como conclusión datos desgarradores para todos aquellos que apreciamos el valor
cultural, social, ético, estético que tiene y que ha tenido los libros a lo
largo de la historia de la humanidad desde su creación. Los colombianos leen en
promedio 1,2 libros al año, y el 67% de los colombianos no lee libros por falta
de gusto hacia la lectura; el 31% de los habitantes de la capital no lee libro
alguno, mientras que en Chile se leen 5,3 libros al año, en Argentina 4,6 y en
Perú 3.
No creo que, al menos en lo pronto,
puedan extinguirse los libros impresos. Lo que se está extinguiendo en Colombia
es otra cosa: los lectores. Ésta falencia está ligada a la falta de educación
lectora que todos aquellos que pasamos por los colegios y escuelas, públicas o
privadas, hemos presenciado. La “Revolución Educativa” que implementa
actualmente el Ministerio de Educación Nacional (MEN), si bien ayuda en
cuestión cuantitativa, en el ámbito cualitativo es cada vez más deplorable. En
la academia, las horas de enseñanza de las Ciencias Humanas en general se han
visto reducidas, y a la par, se aumentan las clases que enfatizan en el
emprendimiento empresarial; es por eso que cada vez vemos más y más personas
víctimas de los ultrajes laborales y desconocedores de sus propios derechos
cívicos y profesionales.
Apunta en su artículo El futuro del libro (4) el escritor
Gustavo Páez Escobar que, según los especialistas, la venta de libros
electrónicos superará en tres años a los libros impresos. No dudo de ello; la
competencia entre el libro impreso y el libro digital no es solo cuestión de
gustos o de editoriales, ya que conlleva otras contraindicaciones; pero la
necesidad objetivamente relevante es hacer que las personas se aventuren a
leer, sea en e-book o en el clásico libro
impreso. El internet y la televisión divierten, sí, pero un buen libro, además
de desarrollar nuestra capacidad sensitiva e imaginativa, forja también la
capacidad de pensamiento y critica. El libro en papel no desaparecerá por lo
pronto, y el vaticinio de Bradbury en el que los libros son incinerados para
que las poblaciones humanas sean más felices (e inherentemente ignorantes, por
ello de que la ignorancia genera ciertos niveles de felicidad), se está
cumpliendo, pero de diferente forma. Las tecnologías de la información y la
telecomunicación están reemplazando y sesgando el placer de tener un libro en
nuestras manos.
Se hace necesario que desde la familia, los planes y proyectos
estatales y gubernamentales y el Alma
Mater, se promuevan planes de lectura que acojan una mayor cantidad de
lectores. Subir a dos o tres la cantidad de libros leídos por los colombianos
actualmente. Estoy harto de escuchar frases sueltas sobre todos aquellos que
invertimos nuestro tiempo leyendo, locuciones de personas que aseveran que
encerrarse una cálida tarde de sol o una bella tarde de lluvia en una
biblioteca, en la habitación o sentarse bajo la sombra de un árbol en un parque
a leer no es una manera de descansar o de relajarse. Por el contrario, es una
de las maneras más extraordinarias de escaparse por un rato de un mundo en
decadencia que ofrece efímera felicidad a cambio de nuestra privacidad y
nuestro conocimiento, y al igual, es una manera de sentarse a reflexionar sobre el mismo.
Cada vez los lectores somos menos, pero ello
no impedirá que sigan existiendo los libros.
Daniel Ballesteros Sánchez.
Notas:
(1) Tomado libremente de: E.
Gallo, Geni incompresi. Robin Book,
2004. P. 56-63 y F. Lorenz, Creatori del
mondo meccanico. Milán, 1942.
(2) E. Galeano. El libro de los abrazos. Ediciones La cueva. P. 115.
(3) El informe completo se puede encontrar en el siguiente
enlace: http://licitaciones.camlibro.com.co/boletin/Estadisticas%202010/Estadisticas%202010.pdf
(4) El artículo completo se puede encontrar en el siguiente
enlace:
http://www.revistamefisto.com/articulos-y-notas-destacadas-20-01-2013.html